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En un pueblecín pequeño en los jardines de Italia, |
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habitaba una señora llamada doña Leandra. |
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Esta señora tenía una fuente en la su casa, |
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con cuatro cañitos de oro, por todos cuatro manaba: |
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por el uno mana oro, por el otro mana plata, |
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por el otro en aguas dulces, por el otro en aguas claras. |
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Un día estando lavando, el agua se le enturbiaba. |
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--¡Ay triste de mí,--decía--, ay triste de mí, cuitada, |
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o los mis días son cortos o la mi vida se acaba!-- |
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Entonces responde el rey, como escuchándola estaba: |
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--Ni los tus días son cortos, ni la tu vida se acaba, |
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que antes del amanecer has de ser mi enamorada. |
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--No lo quiera Dios del cielo ni la Virgen soberana |
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que yo sea mujer de un conde y de un rey enamorada.-- |
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Y al empezar la cocina y al subir para la sala, |
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al terminar la escalera se encontró doña Leandra: |
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--¿Dónde va, el conde, corriendo, que tanta prisa llevaba? |
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--A darte la muerte vengo, si la vida no me falta, |
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porque no has querido hacer lo que mi tío el rey mandaba. |
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--Me dejarás despojar de todas mis cortas galas |
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y doce mil alfileres, unos de oro y otros plata; |
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y también la mi cabeza, si acaso fuese cortada.-- |
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Y de tres hijas que tiene, la más pequeñita llama: |
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--Ven acá tú, Beleanina, ven acá tú, Beleana, |
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te mandaré mis vestidos y todas mis cortas galas |
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y doce mil alfileres, unos de oro y otros plata; |
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y también la mi cabeza, si acaso fuese cortada, |
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y entre dos platitos de oro al rey se la presentaras; |
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le hablarás con cortesía, como te tengo enseñada. |
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--Tenga usted, mi tío el rey, una truchita ensalada, |
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que mi padre la cortó y mi madre la mandaba; |
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que no has podido lograr lo que tanto deseabas. |