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En los campos de Alventosa mataron a don Beltrán;
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nunca lo echaron menos hasta los puertos pasar.
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Siete veces ceban suertes quién lo volverá a buscar,
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todas siete le cupieron al buen viejo de su padre:
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las tres fueron por malicia, y las cuatro con maldad.
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Vuelve riendas al caballo, y vuélveselo a buscar,
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de noche por el camino, de día por el jaral.
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Por la matanza va el viejo, por la matanza adelante;
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los brazos lleva cansados de los muertos rodear;
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no hallaba al que busca, ni menos la su señal.
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Vido todos los franceses y no vido a don Beltrán.
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Maldiciendo iba el vino,* maldiciendo iba el pan,
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el que comían los moros, que no el de la cristiandad;
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maldiciendo iba el árbol que solo en el campo nasce,
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que todas las aves del cielo allí se vienen a asentar,
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que de rama ni de hoja no la dejaban gozar;
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maldiciendo iba el caballero, que cabalgaba sin paje:
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si se le cae la lanza no tiene quién se la alce
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y si se le cae la espuela no tiene quien se la calce;
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maldiciendo iba la mujer que tan sólo un hijo pare:
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si enemigos se lo matan, no tiene quien lo vengar.
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A la entrada de un puerto, saliendo de un arenal
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vido en esto estar un moro que velaba en un adarve;
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hablóle en algarabía, como aquel que bien la sabe:
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--Por Dios te ruego, el moro, me digas una verdad:
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caballero de armas blancas si lo viste acá pasar;
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y si tú lo tienes preso, a oro te lo pesarán,
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y si tú lo tienes muerto désmelo para enterrar,
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pues que el cuerpo sin el alma solo ni dinero no vale.
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--Ese caballero, amigo, dime tú qué señas trae.
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--Blancas armas son las suyas, y el caballo es alazán,
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y en el carrillo derecho él tenía una señal
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que siendo niño pequeño se la hizo un gavilán.
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--Este Caballero, amigo, muerto está en aquel pradal.
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Las piernas tiene en el agua, y el cuerpo en el arenal,
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siete lanzadas tenía desde el hombro al carcañal
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y otras tantas su caballo desde la cincha al pretal.
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No le dés culpa al caballo, que no se la puedes dar,
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que siete veces lo sacó sin herida y sin señal,
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y otras tantas lo volvió con gana de pelear.
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