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Por los campos de Granada una señora camina,
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vestida de colorado, ¡mi Dios, cómo parecía!
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con el pie siega la yerba, con el calcaño lo trilla,
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con el vuelo de su saya deja la yerba tendida.
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Bien la viera perro moro, galán que la pretendía,
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estando jugando a los naipes con otros en compañía.
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Deja el juego de los naipes y echa tras la blanca niña.
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Allá la fuera a alcanzar en una espesa montiña.
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--¿Ónde iba, la señora, tan sola y sin compañía?
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--Voy a boda de un hermano, mañana se casaría.
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--Pos casémonos los dos y vamos en compañía.
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--Yo casarme, no por cierto, yo casarme no quería;
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pretendo meterme monja en convento ` Santa María.--
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La arrimó tres vueltecitas, derribarla no podía;
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entre las tres y las cuatro, el puñal se le caía.
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Cayó el puñal en el suelo y la niña lo cogía;
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métele el puñal pol pecho, por la espalda le salía.
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Con el fervor de la sangre, el caballero decía:
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--Por Dios te pido, la dama, por Dios yo te lo pedía,
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no te vaigas alabando, por tu tierra y por la mía,
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que has matado a un caballero con las armas que él traía.
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--Yo alabarme, sí por cierto, yo alabarme sí quería,
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que, si no encontraba gente, a las aves lo diría;
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si no, tres de cada casa, que lo digan más aína.--
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