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--¡Ay cuan linda que eres, Alba, más linda que no la flor!
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¡Quién contigo la durmiese una noche sin temor!,
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que no lo supiese Albertos, ese tu primero amor.
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--A caza es ido, a caza a los montes de León.
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--Si a caza es ido, señora, caígale mi maldición:
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rabia le mate los perros, aguilillas el falcón,
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lanzada de moro izquierdo le traspase el corazón.
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--Apead, conde don Grifos, porque hace gran calor.
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¡Lindas manos tenéis, conde! ¡Ay cuán flaco estáis, señor!
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--No os maravilléis, mi vida, que muero por vuestro amor,
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y por bien que pene y muera no alcanzo ningún favor.
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En aquesto estando, Albertos toca a la puerta mayor.
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--¿Dónde os pondré yo, don Grifos, por hacer salvo mi honor?
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Tomáralo de la mano y subióle a un mirador,
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y bajóse a abrir a Albertos muy de presto y sin sabor.
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--¿Qué es lo que tenéis señora? ¡Mudada estáis de color!
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¡O habéis bebido del vino, o tenéis celado amor!
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--En verdad, amigo Albertos, no tengo de eso pavor,
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sino que perdí las llaves, las llaves del mirador.
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--No toméis enojo, Alba, de eso no toméis rancor,
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que si de plata eran ellas, de oro las haré mejor.
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¿Cuyas son aquellas armas que tienen tal resplandor?
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--Vuestras, que hoy, señor Albertos, las limpié de ese tenor.
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--¿De quién es aquel caballo que siento relinchador?--
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Cuando Alba aquesto oyera cayó muerta de temor.
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