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En la ciudad de Alcordoba, ancha compulenta y larga,
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allí hay ricos caballeros de la nobleza da España,
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con tiendas y mercancías, con dinero adineradas;
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la mejor ciudad que tiene Celipe Quinto en España.
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Allá habita un caballero que don Pedro le llamaban,
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aquel maltrata a los pobres y a todos les avasalla.
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Se puso sentado un día a la puerta de su casa,
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pasó por allí un buen viejo, que de sesenta años pasa;
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como su edad lo requiere, lleva la vista inclinada,
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miró ande puso los pies, pasó y sin hablar palabra.
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Y de que le ve pasado, el caballero le llama:
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--¿Cómo no habéis respetado mi persona, hacienda y casa?--
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El güen viejo, de rodillas, dijo que le perdonara.
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El perdón y la respuesta ha sido una bofetada
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que los dientes de la boca en sangre se les bañara.
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Se ha levantado el buen viejo y se ha ido para su casa,
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y la mujer le decía estas siguientes palabras:
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--Dime, esposo de mi vida, dime, consuelo de mi alma,
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¿quién te ha ofendido tu rostro que no ha respetao tus canas?--
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A dinguno ha dado cuenta lo que en su pecho llevaba
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si no es que a un niño que tiene, que de diez meses no pasa.
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Ha subido allá arriba, a la cuna donde estaba,
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le ha bajado y, de un carrillo, un fuerte bocao le saca.
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Empezó el niño a llorar, llamando a su madre amada.
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El viejo, de pesadumbre, ya cayó malo en la cama;
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murió de su enfermedad, ¡Dios le perdone su alma!
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Quedó su pobre mujer sola, triste y angustiada.
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Crió el niño con halagos, con necesidades tantas,
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hasta la edad de quince años, que el rey Carlos enviaba
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banderas para hacer gente y a Cataluña marchara.
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Quiso Dios y la fortuna, y la fortuna fue tanta,
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que llegó a ser capitán de un valerosa escuadra.
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Estando un día en consulta el general de la armada,
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le pidió un día licencia para venir a su casa.
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El general se la dio anque de muy mala gana.
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Ensilla un caballo blanco y por los vientos andaba,
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en breve tiempo se puso drento `e Córdoba la llana.
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Estando un día paseando drento de un jardín de damas,
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se levantan dos mujeres y le dicen estas palabras:
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--Un capitán que tú eres, mejor fuera que vengaras
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esa señal de tu rostro, esa señal de tu cara,
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esa señal de tu rostro que tanta afrenta te causa.--
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Esto oyó el capitán, desmayado en tierra cáiba.
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Se levantó el capitán y se fue para su casa,
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y a su madre la decía estas siguientes palabras:
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--Diga, madre de mi vida, diga, consuelo de mi alma,
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dígame qué sinifica esta señal de mi cara,
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esa señal de mi rostro que tanta afrenta me causa.
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--Esa señal, hijo mío, ha sido un bofetada
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que don Pedro dio a tu padre para que tú la vengaras.
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--Echarme la bendición, porque con ella y la gracia
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de Jesús el Nazareno, que me dispongo a vengarla.--
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Se ha echado la calle abajo, con don Pedro se encontrara.
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Le dice: --Sabrás, don Pedro, que irás conmigo a batalla.
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--Quítese de ahí el rapaz, que no iguala con mis armas
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y, por lo que se te ofrezga, ten quien te guarde la espalda.--
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Se ha echado la calle arriba, don Pedro se fue a su casa;
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a un moreno que tenía le cuenta lo que le pasa,
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le dice: --Sabrás, moreno, que irás conmigo a batalla.--
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Y le contestó el moreno: --Si ha de dir, ¿a cuándo aguarda?--
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Al moreno le guardó debajo unas tapias bajas.
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Salieron a peleyar al sitio que señalaba;
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el capitán a don Pedro le ha pegado una estocada,
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por el párpago de un ojo con don Pedro en tierra daba.
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Se ha bajado del caballo, le ha dado tres bofetadas:
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--Una te doy por mi gusto, otra por mi madre amada,
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otra te doy por mi padre, que en el cielo esté su alma.--
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Le ha cortado la pretina, ¡oh, qué horror y qué desgracia!,
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y lo ha dejado colgado en unas escalpias altas.
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Se ha bajado a la ciudad diciendo estas palabras:
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--Si hay algún tío o pariente, aquí a la defensa salga.--
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Unos dicen: "Salga el diablo", otros: "La razón le basta,
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y lo que hizo con su padre razón es que lo vengara".
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