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Me cautivaron los moros, cautivo que aquí tenían. |
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Siete años fui mayordomo, sirviendo en lo que podía; |
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al cabo los siete años, me llamaba mi amo un día: |
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--Ven acá, Francisco Hernández, escúchame, por tu vida, |
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que si te quieres casar con la mi querida hija, |
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que es la flor de las madamas y de haciendas más crecidas, |
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has de renegar de Dios, de Dios y Santa María. |
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--¡Eso no lo haré yo aunque me cueste la vida!-- |
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Lo enyugaban con un buey pa arar una cuesta arriba, |
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y de alimento le daban de cebada una cuartilla, |
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un panecito de una onza y sábanas mal cosidas. |
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En ver que no arreñegaba, otra sentencia leían: |
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Lo metían en un arca que nueve llaves tenía. |
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Y, cuando abrieron el arca, lo encontraron de rodillas, |
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rezando el rosario entero, la corona de María. |
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--¿De qué te sirve, cristiano, la corona de María, |
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si ella no te ha de sacar de esas penas tan crecidas?-- |
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Un tiempito que se armaba de centellas que caían, |
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agua, relámpagos, truenos, que el tiempo se atemoriza, |
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las campanas y relojes en mil pedazos se hacían. |
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Todas dicen a una voz, todas a una voz decían: |
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"Todos seamos devotos del Rosario de María". |