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--Ven acá, hija Gallarda, de mis ojos claro espejo, |
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han díchome que te casas con el alentado Pedro; |
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qué importa que sea guapo y que sea caballero, |
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si es un hombre que no tiene de caudal para un sombrero.-- |
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Y la niña le responde con un semblante risueño: |
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--Lo que fuere de mi gusto, no me lo estorbará el cielo.-- |
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Al ver su siguridad, la trancó en su aposento, |
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donde no ve sol ni luna, que en llorar gasta su tiempo. |
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Tuvo lugar una tarde de escribirle sus deseos; |
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tomó la pluma en la mano, hizo la cruz, lo primero: |
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"Amante mío del alma, amante y querido dueño, |
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estado me quieren dar contra mi gusto, y por cierto |
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y si tú mucho te tardas, la muerte dármela quiero". |
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Con un paje que tenía mandó la carta a su dueño. |
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--Carta le traigo, señor, de la luz de sus deseos.-- |
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Si aprisa la recibió, más aprisa la va liendo. |
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De que ve con la firmeza que le ama su amado dueño, |
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empezó a mudar de ropas y a poner finos aceros. |
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Llama un paje que tenía, allí lo tiene al momento: |
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que le ensillara un caballo y que se lo ensille luego, |
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que quiere salir al campo, que quiere dar un paseo. |
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Pone bandera encarnada, su cinta verde en el pelo, |
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pone bandera encarnada para que la vea el perro. |
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Cuando al medio del camino, encontró a su primo Arbelo. |
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--¿Dónde va, primo, -le dice- que tan armado le veo? |
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--Voy a sacar a Gallarda a fuerza de mis aceros. |
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--Vuélvete, primo, p`atrás, las bodas se están haciendo. |
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--Buen consuelo de afligido --dice el alentado Pedro-- |
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quien de mujeres se fía siempre llega a estos extremos.-- |
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Llegó a la puerta del conde, encontró los guardias puestos; |
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pidió permiso a los guardias, si lo dejan entrar dentro. |
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El guardia le responde: --No señor, que no podemos, |
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el conde los tiene aquí por los celos de un don Pedro. |
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--Si no quieren bien a bien, más a fuerza lo haremos.-- |
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De los cuatro mató a tres, el otro partiólo huyendo, |
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mató al conde y la condesa y a muchos más caballeros; |
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al triste y el desposado le tiró po` el lado izquierdo, |
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fue tan grande la estocada, que dio con él en el suelo. |
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La niña, de que lo vio, le echó los brazos al cuello: |
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--Amante mío del alma, amante y querido dueño, |
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esos brazos que son míos y estos míos que son vuestros |
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y otro que tú en mis brazos no ha descansar, si yo puedo.-- |
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Entró dentro y habló un rato que es costumbre de mancebo. |