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En la gran Sierra Morena, amparo de forajidos, |
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vivía Alonso Gutiérrez con una hija y dos hijos, |
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en compaña de su esposa, que eran dos amantes finos, |
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y por la paz y sosiego y por gusto que han tenido, |
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a los dos hijos casaron con gran fiesta y regocijo. |
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Quedó sola con sus padres Sebastiana del Castillo, |
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la mujer más desalmada que de padres ha nacido. |
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D`esta tal se enamoró un macebo granadino, |
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que estaba en aquel lugar desde la edad de muy niño. |
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Dio en pasearle la calle con gran fiesta y regocijo; |
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alcanzó el sí de la dama, de sus padres no ha podido, |
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antes con mucho rigor la castigan de contino. |
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Enfurecida, enojada, hecha como un basilisco, |
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cuanto más la castigaban, rompiéndose los vestidos, |
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t. irándose de las trenzas, más crecía en su delirio. |
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Más de un año en una pieza encerrada l`han tenido |
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en donde sus dos hermanos le dieron algún castigo. |
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Tuvo forma Sebastiana de escribir un papelillo, |
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que en breves renglones dice: «Dulcísimo dueño mío, |
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sabrás que he estado encerrada, pasando dos mil martirios |
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de mis padre` y mis hermanos, con dolores excesivos. |
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Supuesto que eres mi amante y que eres hombre de bríos, |
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para esta noche a las doce te espero bien prevenido, |
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y mira, no me hagas falta. porque te espero, bien mío». |
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No dijo más, y con esto ha cerrado el papelito, |
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y a un muchacho se lo entrega, el cual era su sobrino, |
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para que se lo llevase a Juan González del Pino. |
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Tomó el papel el mancebo, lo recibe agradecido, |
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por la vista lo repasa, y así que l`hubo leído, |
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lágrimas del corazón derramaba hilo a hilo. |
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Se fue al instante a su casa, donde sus armas previno: |
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dos pistolas y una espada, y un cuchillo de dos filos. |
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Oyó las diez y las once, dan las doce, y ha salido, |
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se fue a casa de la dama, y ella, que estaba en aviso, |
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abrió la puerta, y dentró sin ser de nadie sentido. |
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Ella encendió una bujía y d`esta suerte le ha dicho: |
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--Yo he de matar a mi padre y a mi madre, y ¡viva Cristo! |
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He de vengar mis injurias, pues lo tienen merecido, |
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más que sepa que al infierno voy a pagar mi delito.-- |
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El mozo la vio aterrada y con ánimo le dijo: |
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--¿Habrá más que ejecutarlo? ¡Ea, vamos al proviso!-- |
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Fue donde estaban sus padres y con ánimo atrevido, |
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que de cuatro puñaladas el corazón le ha partido |
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al padre, y luego a la madre hizo con ella lo mismo, |
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porque con dos puñaladas se la dejó sin sentido. |
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Habló sólo estas palabras, y palpitando le dijo: |
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--Hija de mi corazón, ¿en qué t` hemos ofendido?-- |
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Le dice: --Señora madre, esto es vengar mi castigo.-- |
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Y con una puñalada acabó su vida el hilo. |
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Les sacó los corazones y en aceite los ha frito, |
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y de ver tanta ruindad cayó el mozo amortecido. |
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--¡Muere tú también--, le dice--, pues que la causa habís sido!-- |
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Le ha dado de puñaladas, y con ánimo atrevido |
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le quitó todas las armas y se puso su vestido, |
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y en un caballo del padre salió y se puso en camino. |
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Al otro día, de mañana, sus hermanos han venido |
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a la casa de sus padres. y hallan dolor tan crecido. |
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Justicia piden al pueblo, y acudieron los vecinos, |
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y los llantos fueron tantos, los clamores y gemidos, |
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que bastan para ablandar a las montañas y riscos. |
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No condenaron a nadie, porque saben quien ha sido; |
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despachan requisitorias por si saben que la han visto: |
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donde quiera que la prendan que se ejercite el castigo. |
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Salieron los dos hermanos por montes, valles y riscos, |
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y ella estaba en una cueva, y con ella dos bandidos |
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que también huyendo andaban por otros graves delitos. |
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Vio pasar sus dos hermanos y ella les salió al camino, |
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y de dos carabinazos los mató luego, al proviso. |
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Con un cuchillo les corta las cabezas, y se ha ido |
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donde están sus compáñeros, y se las lleva consigo. |
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Los compañeros la riñen, [. . . . . . . . . . . . . . . . . . .] |
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y cruel y desesperada con ellos hizo lo mismo. |
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Llevó las cuatro cabezas y se fue a Ciudad Rodrigo, |
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y en una esquina `e la plaza las puso con un escrito |
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que d`esta suerte decía: «A estos dos hermanos míos |
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di la muerte, por vengarme de haberme dado castigo, |
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y a estos otros dos maté por saber que eran bandidos. |
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Ya la venganza está hecha, ya mi gusto está cumplido; |
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si hay alguno que se oponga, salga a campaña conmigo, |
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porque al rigor d`este brazo son pocos los d`este siglo. |
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El señor corregidor le dio parte a sus ministros, |
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que salieron a prenderla; acudieron infinitos. |
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A seis alcaldes mató, hasta cinco o seis ministros, |
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y con la espada en la mano parecía un basilisco. |
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Pidiendo favor al rey acudieron los vecinos, |
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[. . . . . . . . . . . . . . . . . . .] y digo que si no ha sido |
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por una fuerte pedrada que tiraron de un postigo, |
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que le dieron en los pechos y en el suelo l`han tendido |
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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . |
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Entonces se le arrojaron los agarrantes ministros, |
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la. llevaron a la cárcel, donde la cargan de grillos. |
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Le leyeron la sentencia dentro de Ciudad Rodrigo, |
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al tercer día la sacan a que pague su delito. |
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Llegan al pie del patíbulo, que suba arriba le han dicho, |
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y de que estuvo en lo alto a todo el concurso dijo: |
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--Padres, los que tenéis hijas, no seáis como los míos, |
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no estorbéis los matrimonios, qu` es sacramento divino |
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de nuestra madre la Iglesia, formado del Uno y Trino. |
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Mirad en lo que me veis y en qué trabajos me he visto..-- |
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Y alzó los ojos al cielo, y dijo: --Jesús divino, |
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por la sangre virginal que vertieron los judíos, |
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te pido que me perdones; pequé, Señor, mala he sido, |
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mas vuestra misericordia es mayor que mi delito. |
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Al verdugo le avisaron para que hiclera su oficio, |
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y al instante lo cumplió, y quedó el cadáver frío |
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dando pruebas de que fue a gozar del cielo empíreo. |
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Esta es la vida y la muerte de Sebastiana `el Castillo, |
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que d`esta suerte acabó, de veinte años no cumplidos. |
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Dios le dé eterno descanso y su santo paraíso, |
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y a nosotros nos dé gracias por los siglos de los siglos. |