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Ya que estaba don Renaldos fuertemente aprisionado, |
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para haberlo de sacar a luego ser ahorcado, |
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porque el gran emperador ansí lo había mandado, |
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cuando llegó don Roldán de todas armas armado, |
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en el fuerte Briador, su poderoso caballo |
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y la fuerte Durlindana muy bien ceñida a su lado, |
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la lanza como una entena, el fuerte escudo embrazado, |
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vestido de fuertes armas y él con ellas encantado. |
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Por la visera del yelmo fuego venía lanzando. |
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Retemblando va la lanza como un junco muy delgado, |
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y a toda la hueste junta fieramente amenazando: |
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--¡Nadie toque en don Renaldos si quiere ser bien librado! |
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¡quien otra cosa hiciere, él será tan bien pagado, |
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que todo el resto del mundo no le escape de su mano, |
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sin quedar hecho pedazos, o muy bien escarmentado!-- |
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Serenos estaban todos hasta ver en qué ha parado; |
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nadie no se removía contra tan buen ahogado. |
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Allí el fuerte don Roldán junto a Carlos se ha llegado |
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diciendo de esta manera, de encima de su caballo: |
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--No es cosa de emperador lo que tienes ordenado; |
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el caballero que se viene de su voluntad y grado, |
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¿cómo es esto, señor, que ansí ha de ser tratado? |
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Endemás la flor del mundo, como claro está probado, |
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siendo de tu propia sangre, tan cercano emparentado, |
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manso como un corderico ante ti se ha presentado, |
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sabiendo tu Majestad, que nadie hubiera bastado, |
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ni el mundo todo junto a prendello ni a matallo, |
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y más agora, señor, que estaba tan prosperado. |
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Pudiera correr tus tierras y más conquistar tu Estado, |
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como otras veces solía tenerte en París cercado, |
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y tú ni nadie por ti le osaba salir al campo. |
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¿Quieres tú quitar la vida a quien a ti te la ha dado? |
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No una vez sino ciento de peligros te ha sacado, |
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poniéndose a la muerte por acrecentar tu Estado. |
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¿Y este pago le tenías, di, señor, aparejado? |
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Si a todos pagas así, tú serás harto afamado |
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¡De excelente pagador rica fama habrás ganado!-- |
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Respondió el emperador como mal aconsejado: |
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--¡Oh cómo hablas, sobrino, con rostro tan enojado¡ |
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¿No sabéis que este traidor muchas veces ha robado? |
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Por caminos y carreras las gentes ha despojado, |
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y muchos piden justicia de los que él ha salteado |
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y si agora lo soltamos volverá a lo regostado.-- |
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Allí dijo don Roldán: --Eso tú lo has causado; |
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diérasele tú en qué viviera de cuanto te ha acrescentado. |
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¿Y por qué razón, señor, jamás te has acordado?, |
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que a otros menores que él, y que menos te han honrado, |
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muy muchas villas y tierras de tu mano les has dado |
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y aqueste que es el mejor siempre fue de ti olvidado. |
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¿De qué había de vivir andando de contino armado? |
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Con sus vigorosos brazos muchas veces ha librado |
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la cristiandad de peligro del cruel pueblo pagano. |
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Bien sabéis que ya los moros todos d`él están temblando, |
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y que por su miedo d`él contigo se han concertado. |
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Por estar seguros d`él las parias te han enviado, |
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y agora si ellos tuviesen el seguro de su mano, |
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yo sé bien que no tardasen en haberse levantado, |
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por donde la cristiandad harto mal habría ganado. |
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Digo que no es de perder en tus reinos tal vasallo; |
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tristes serán los cristianos por tal brazo que han cobrado; |
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si lo perdiesen agora, no volverán a cobrallo |
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porque ya no vuelven todos por su vida, honra y estado, |
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que hoy todo junto lo pierde, si de Dios no es remediado. |
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¡Oh caballeros de Francia! decí, ¿habéis olvidado |
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de cuántas graves afrentas Renaldos vos ha sacado? |
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¿Por qué agora consentís ante vos ser tal tratado |
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vuestro fuerte capitán, de todos primo y hermano? |
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No consienta nadie, no, tan gran tuerto ser pasado; |
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que juro por Sant Dionís, y al Eterno soberano, |
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que en lo tal yo no consienta, ni tal será ejecutado, |
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o todo el mundo se guarde de mi espada y de mi mano, |
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que si tal se ejecutare, será de mi tan bien vengado. |
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Que toda Francia lo llore por no habello remediado |
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y tírense todos afuera, no sea nadie tan osado |
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de querer luego estrenar lo que yo tengo jurado. |
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¡Sus de presto, Maganceses! ¡afuera, afuera, priado! |
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No me pare más ninguno, buscá veredas temprano.-- |
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Viérades a Galalón con su Maganza ciscado |
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y tanto que él no quisiera ser allí entonces hallado. |
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Y tornando luego a Carlos, prosiguiendo en su hablado, |
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dijo: --¿Qué quieres, señor, que persigues a Renaldos? |
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Di, ¿no sabes tú, señor, y está muy claro probado, |
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que lo más que él tenía haberlo a moros ganado? |
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Debríate ya bastar que a perder lo has echado, |
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destruyéndole una villa sola, que Dios le había dado. |
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Si la cabeza do sale todo aquesto en que has andado |
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ella fuese ya cortada, quedaría sosegado |
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todo el tu gran imperio que no te cantase gallo.-- |
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Respondió el emperador algún tanto ya amansado: |
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--¡Oh mi quierido sobrino, no te tornes tan airado, |
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ni pase más adelante lo que llevas comenzado! |
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Hágase como quisieres y sea luego soltado; |
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mas con esta condición: que lo doy por desterrado |
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con gran pleitoinenage, que ante mí haya jurado, |
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que solo y sin compañía a Jerusalem, descalzo, |
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en hábito de romero, sea luego encaminado, |
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y que más aquí no pare del tercero día pasado |
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y jamás no torne en Francia sin mi licencia y mandado |
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y que su mujer e hijos acá se hayan quedado, |
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y sus hermanos también, todos a muy buen recaudo, |
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porque si él algo hiciere en ellos seré yo vengado.-- |
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Lo cual así se cumplió, según de suso contado, |
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que luego al tercero día Reinaldos se ha aparejado |
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de esclavina y de bordón, y una maleta a su lado, |
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para echar las limosnas que por Dios le hubiesen dado. |
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Vistió una gruesa camisa, como penitente armado, |
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llorando de los sus ojos con corazón traspasado. |
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Despidiéndose a la corte de cuantos le han amado |
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y a todos los doce pares mucho les ha encomendado |
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la su mujer e hijitos, que por ellos hayan mirado, |
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y también por sus hermanos que en prisión les ha dejado, |
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diciendo que por ventura jamás sería tornado; |
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mas quizá en algún tiempo les sería bien pagado |
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a todos los que miraren por las prendas que ha dejado. |
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Sus lágrimas eran tantas que a todos han convidado |
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a quebrar sus corazones de le ver tan lastimado. |
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Ya se va el nuevo romero del todo desconsolado; |
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de toda la cristiandad iba ya desamparado, |
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aunque él por muchas veces la había bien abrigado, |
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defendiéndola de moros con corazón esforzado. |
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Capitán de los cristianos por el mundo era llamado; |
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tal fuerza contra paganos por jamás se ha hallado. |
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Mas al cabo de tres días que ansí desnudo y descalzo |
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caminaba con paciencia con su bordón en la mano, |
| |
y con espesos gemidos y sospiros que iba dando. |
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Don Roldán fue en pos de él en su ligero caballo, |
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y alcanzólo a una montaña saliendo por un atajo. |
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Desque lo vido Renaldos a mal lo hubo tomado; |
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mas el leal don Roldán otro llevaba pensado, |
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pues le dijo luego ansí al momento y en llegando: |
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--¡Oh flor de caballería!, ¿dónde vas tan desmayado? |
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¿Qué es de tus caballerías?, ¿dónde las has ya dejado? |
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¿Qué es de las tus fuertes armas?, ¿qué es de tu fuerte caballo? |
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Ves aquí tu buena espada, cata aquí do te la traigo. |
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Torna, torna, señor primo, que yo liaré ser alzado |
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el destierro, que te fue tan a tuerto sentenciado; |
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y no me tengan por Roldán si no fuere ansí acabado, |
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que yo sacaré del mundo a quien quisiere estorballo, |
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porque tan buen caballero no sea en Francia faltado: |
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que más vales tú que todos cuantos allá han quedado. |
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Mas por más que le rogó, nada le fue otorgado, |
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ni jamás volvió con él a lo que le era rogado, |
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por no dejar su camino a cumplir lo que ha jurado, |
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que entre buenos caballeros, así es acostumbrado: |
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de perder antes la vida que no hacer quebrantado |
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el homenaje que hacen donde les es demandado. |
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Mas tomó su rica espada que Roldán le había llevado, |
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para la llevar secreta debajo su pobre hato |
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por si algo le viniere que tenga de qué echar mano. |
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Y ansí se despiden los dos harto gimiendo y llorando, |
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que peor les fue el partir, que no morir peleando. |
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Mas aquel noble guerrero mucho se va encomendando |
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al muy alto Jesucristo, por el cual él fue guiado |
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a las tierras del gran Can, do fue muy maravillado |
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por tan alto caballero como ante él era llegado |
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tan descalzo y tan desnudo, tan hambriento y fatigado. |
| |
Mas como quiera que fuesen en el tiempo ya pasado |
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ambos hermanos en armas, gran fiesta le ha ordenado, |
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y después que le contó todo su hecho pasado, |
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el gran Can le respondió --¡Oh mi buen señor y hermano!, |
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pídeme lo que quisieres para volver contra Carlo. |
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Ves aquí do tengo junto nuestro gran poder pagano, |
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que no hay cosa que no hagan por mi servicio y mandado. |
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Irán comigo y contigo a hacerte bien vengado, |
| |
y según, señor, tú eres en armas tan estimado, |
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con este tan gran poder que de acá hayas llevado, |
| |
muy de presto podrás ser en cristianos coronado, |
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a pesar de quien pesare sin poder ser estorbado, |
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que más pertenece a ti que no aquel falso de Carlos, |
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pues tan mal ha conoscido cuanto le has administrado. |
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--No lo mande Dios del cíelo--, le responde don Renaldos, |
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--que yo quiebre el homenaje, que en Francia hube jurado: |
| |
que yo ni otro por mí no vuelva contra cristianos.-- |
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Vista ya su voluntad, el gran Can fue acordado |
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por complacer a Renaldos y subirlo en alto estado, |
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que sería bueno ir con treinta mil de caballo |
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sobre aquel emperador de Trapisonda nombrado, |
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que muy mucho mal hacía a todos sus comarcanos, |
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usurpándoles las tierras por fuerza, que no de grado. |
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Renaldos que tal oyó presto fue aparejado, |
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no de esclavina y bordón, ni menos maleta al lado, |
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mas de buen caballo y armas, en lo que era acostumbrado. |
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Tomando los treinta mil tales mañas se ha dado, |
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como aquel que en ellas era maestro bien afamado. |
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Halló al emperador que tenía puesto campo |
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sobre una gran ciudad, cient mil y más de caballo. |
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Pegó con ellos de noche al mejor sueño tornando: |
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recordólos de tal suerte que pocos han escapado |
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porque el triste campo estaba durmiendo, tan descuidado, |
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que cuando el alba rompió los más se han abajado |
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con su señor al infierno, que los estaba esperando, |
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salvo aquellos que se dieron a merced de don Renaldos, |
| |
por do luego presto fue emperador coronado, |
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sojuzgando muchos reyes y señores de alto grado, |
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de lo cual luego escribió a su enemigo Carlo Magno. |
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Con riquísimos presentes mensajes le ha despachado |
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pidiéndole de merced que allá lo haya enviado |
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alguna gente cristiana, que no hay más de un cristiano, |
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que es el mesmo don Renaldos, el valiente y esforzado, |
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y noble en toda virtud, hermoso y muy agraciado. |
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Mas tal odio le tenía el ya dicho Carlo Magno, |
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que en lugar de socorrer a la hora ha pregonado |
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que no vaya nadie allá, so pena de su mandado, |
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ni tampoco le enviasen la mujer, hijos y hermanos. |
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Mas Roma y Costantinopla le enviaron tal recaudo, |
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que sin ir nadie de Francia cristianos le han sobrado. |