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En los presidios del moro la bella Luisa moraba, |
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no llora por verse presa ni hierros por ser herrada; |
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llora por su cautiverio y su perdición tan mala. |
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Llegó el moro y la pregunta, llegó el moro y la preguntaba: |
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--¿Qué haces aquí, cristianita, tan sola y desconsolada? |
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--Yo se lo diré, señor, si no se me turba el habla, |
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si mi garganta me ayuda y mis vergonzosas palabras: |
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Me crié en la real Sevilla entre gente lucida y clara, |
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metida en un jardín de oro donde yo me paseaba; |
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cuatro doncellas conmigo me vestían y calzaban; |
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un caballero andaluz que a mi puerta hizo raya |
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tiró la lanza a don toro y a mí me la dió en el alma. |
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Aquella noche fue allí, por orden de una criada, |
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aquella noche gozó y aquella noche gozara, |
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aquella noche gozó toda mi hermosura y gala. |
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Después que la gozó y después que la gozara |
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fuese a Cádiz y dejóme, a galantear otra dama. |
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Yo, de que lo supe, embarquéme en una barca; |
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el barquero fuese a Argel, señor, yo vine a su casa. |
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--Si quieres renegar, reniega, serás mora coronada, |
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si no quieres renegar, hija, vete pa tu casa; |
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te daré cien pesos de oro para que pases la barca, |
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cuatro mancebos contigo con quien puedes ir confiada, |
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que aunque nos llamamos moros nós también tenemos alma, |
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más y mejor que no aquél que a ti te dejó burlada.-- |