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En la ciudad de León por muchas partes nombrada |
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por lo rico y apulento y de todos alabada, |
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allí se cría una niña muy hermosa y muy bizarra, |
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le llaman doña Mariana |
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y a su padre don Martín y por su apellido Aranda. |
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La crían entre primores, con muchas joyas y galas, |
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y asestida de doncellas que la traían en palmas. |
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Apenas llegó a cumplir con su dulce tierna infancia |
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diecisiete primaveras, un caballero que llama: |
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don Antonio Valentín, de casa muy realzada, |
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la pidió para su esposa, y ella es cosa que le agrada, |
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y los padres de la niña el casamiento acetaban. |
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Una noche que venían, dio una visita a su casa. |
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Al pasar una calle angosta, que hace una regocijada, |
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salieron dos embozados con sus monteras caladas. |
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--Aquí rendirás la vida, pícaro, deja la dama.-- |
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Don Antonio, que esto oyó, echara mano a su espada: |
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de los primeros encuentros le dio al uno una estocada, |
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. . . . . . . . . . . . . . . . . . . midió la arena por cama; |
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el otro, que se vio solo, luego conoció ventaja, |
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quiso marchar y no pudo, y don Antonio, con maña, |
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otra estocada le dio, de parte a parte le pasa. |
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Quedaron los dos tendidos, volvió a ver su prenda amada, |
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que está en un mortal desmayo en mano de sus criadas. |
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Volvió en sí la dama hermosa. |
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Don Antonio da mil gracias a la Virgen Soberana |
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al ver que su dulce amor al pie de su lado estaba. |
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Queda muerto un caballero de sangre calacicada |
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y el otro es un criado suyo que siempre le acompañaba. |
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Cuando, por esta ocasión, le obligó a dejar su patria, |
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recogieron sus dineros, sus joyas, prendas y galas |
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y eso de la medianoche en un caballo se marchan |
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para la ciudad de Cádiz, que es tierra muy dilatada. |
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En el medio del camino de turcos cuatro fragatas |
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se le pusieron delante y le quitaron la dama. |
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Otro día era domingo y a pregón los arrematan. |
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El turco que les llevó muy buen empleo les daba: |
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ella era ama de sus llaves, y a don Antonio le daban |
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la hacienda de mayordomo que su hacienda armenistrara. |
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Y eso de los nueve meses esta tal en cinta se halla. |
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Se encierra en un aposento llamando a la Soberana: |
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--Ayudadme, Virgen pura, ayudadme, Virgen santa. |
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--Yo soy la que valgo y puedo a quien de mí se acordara. |
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Una niña traes n`el vientre, muy hermosa y muy bizarra, |
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que el día que ella naciese más te valiera enterrarla |
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que no ha de haber hombre en el mundo que no trate de gozarla, |
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y tú, por l`amor de ella, maldecida y afrentada.-- |
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--Pues para eso, la Señora, llévela la Soberana.-- |