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De las cañadas del pino que hazen a Tajo estrecho |
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a Riselo desterrado a las riberas de Ebro, |
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que quieren que viva en ellas sus desdichas y sus deudos, |
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labrando sus heredades que le dexara su abuelo. |
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¡Qué mal agüero trocar la libertad por el apero! |
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Llevaba gabán pardillo gironado por en medio, |
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con unos vivos azules, porque no mueran sus zelos. |
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No lleva toscas abarcas, porque es el camino lexos, |
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sino blancas alpargates hechos de cáñamo seco. |
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Qué mal agüero trocar la libertad por el apero! |
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Triste se parte el pastor, aunque llevaba en el seno |
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de su pastora un papel que dize, si bien me acuerdo: |
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"Digo yo que me ha querido más que a su vida Riselo, |
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y que juré de pagalle a su gusto y a su tiempo." |
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¡Qué mal agüero trocar la libertad por el apero! |
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Ya que las huertas pasaba, vio tallada en un cerezo |
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una muerte y esta letra: "Ausente me desespero." |
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¡Oh, qué verdad tan costosa! ¡oh, qué sospechoso verso! |
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Perdonen los que me aguardan, que de cobarde, me vuelvo. |
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¡Qué mal agüero trocar la libertad por el apero! |
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El que de perder lo que ama no tiene perpetuo miedo; |
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o su prenda vale poco, o es su privança sueño. |
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Acuérdome que dezía un serrano muy discreto, |
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que de la muerte a la ausencia no hay cuatro de legua y media. |
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¡Qué mal agüero trocar la libertad por el apero! |